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Sol Guayanés

Victoria amaneció igual, tal y como había amanecido en los últimos cuatro días. Hablaba pausado como en delirios de fiebre y a pesar de mostrarse cariñosa y reír de las gracias de Santiago o los mimos ridículos de su baboso padre, permanecía en un limbo ya preocupante por el avanzado tratamiento. Este asunto de ser padre ya lo teníamos memorizado, con las correderas a los centros de salud disponibles según el horario, las colas, y el dinero del bolsillo, que como no era mucho parábamos a los mismos lugares cotidianos, donde la herencia genética de mi querida Patricia tomaría a mis dos amores por la garganta, azotándolos con las amígdalas. Admitimos que era rutina eso de de vez en cuando ir a parar a las colas, al nido de las enfermeras arpías que atienden a la gente como pensando en otra cosa menos en la mística profesional, o de aquellos doctores o doctoras venezolanos o venezolanas que pareciera dejaran la paciencia olvidada en algún sitio desierto, sin preocuparse por volverla a bus...

El Sueño profundo de Amaranta

a María Fernanda por su nacimiento Trinaba el óxido de la ventana saliente y azul, marcada con los bordes de las cortinas deformes que una vez ocuparon frente a ella un humilde espacio, bamboleante como queriendo decir “no”, descansaba en sus bisagras taciturnas los tactos del tiempo rancio, añejo, pareciendo esperar que el ruido de su tortuoso óxido las callase de una vez, para así evitar el trino altisonante del desgaste. Crujía a su derecha, siguiendo el compás molesto, la vieja y olvidada mecedora compacta que parecía bailar sobre sus vaivenes después de repetir su función desechada desde los primeros años. Encontrábase de frente al pasillo oblongo de paredes estrechas y mohosas, cuya pintura caía sola al rozar del viento, formando una uniforme alfombra compacta, olor a cal y humedad, a lo largo de su manchado piso de terracota. Más allá del fondo despedíase el aroma desproporcionado de la candela, bajo el fogón, encima del budare, para la solitaria arepa vespertina de costum...

El Estorbo

El padre en su contrariedad déjole en santa herencia una reflexión. Ahora que los cantares vaporosos de las máquinas bulliciosas se acumulan en el aire eco saltando controles de albaceas esparcidos por doquier que frente a su ventana se divierten en su actividad rutina que sin estorbo ni reparo realizan cual máquinas bulliciosas. Soltaba la décimo quinta lágrima, con sus labios en contracción estertorosa de vez en cuando y el recuerdo viene y trae males al corazón. Ellos en sus actitudes diferenciadas se hacían distantes salvo en pequeños bellos momentos de alma libre. A veces, en los días de gloria, le decía a su hijo que era igualito a su papá. Aquella arenga llenaba los vacios del resto de los indiferentes y manifiestos actos de desagravio sufridos en su infancia. Pero había uno en especial. El viejo acostumbraba a leer para respirar tranquilo en los verdes pies que la naturaleza le cobijaba. Una sombra divina y repleta de rayos diminutos le proveía de un tono exacto para la buena l...

Violencia

El niño se sujetaba en la mirada perdida. Sus ojos grandes en controversia con su entorno parecían describir el ruido sinuoso de las olas y el choque con la orilla desnuda. Aquella pequeña expresión de un temporal autismo, de quizá un viaje lejano e imaginativo donde sus cachetes redondos como manzanas se sentaban a contemplar el aburrimiento. Ahora el sonido se intercambia por el verdor muerto de una cancha de tenis. En la esquina izquierda del lado pegado a una pared de hierba marchita el muchacho veía un cuadro de espanto. Una pelota de color cuasiflorescente desciende con estrépita velocidad cercana al borde válido, donde milésimas de segundo después cae sin remedio un jugador delgado que rebota contra el suelo en doloroso espectáculo. El intento perdido le da el punto al otro que se escucha reír a lo lejos. El caído golpea el puño contra el piso, se incorpora con lentitud, mientras mira pasar la redonda causa de su incrementada furia. Levanta la raqueta y la despedaza en un su des...

Presente

El movimiento de las manos y la escopeta con sus bocas abiertas. La izquierda que sostiene la culata firme, como un pasamanos, como un hacha, como un control absoluto. La otra se debate en los cartuchos que apoya sobre su ingle para meter uno y después el otro. El fondo del fondo es verde, agolpado por rayas de un amarillo muerto por el verano inmisericorde, replegadas en inclinaciones esporádicas al suelo por el viento que por ese raro momento era frío, calculador. Antes del fondo hay un hombre con sombrero que grita. La otra figura, pensar en femenina belleza y solemne desgracia e indefensión, sólo recorre las manos más allá del ángulo de la esquina del porche combinado entre madera, metal y cemento. En cortos avatares mostraba en sus manos condescendencia, miedo más bien. Un para, sin esculpir su colmada paciencia, y el hombre vocifera en conducta regia, firme, incólume en su desgracia, en su barba de días, en su descuido de vida, en la cosecha perdida y en el reclamo sobre las gall...

Aquero

Una casa hecha de bahareque se encuentra rodeada de tierra seca. Su techo de zinc es brillante. El sol empieza a salir al mismo tiempo que una hornilla rudimentaria empieza a encenderse. De la puerta sale un niño caminando poco a poco. En su risa se nota alegría de nuevo día. Se detiene ante el camino de tierra frente de su casa por donde pasan algunos carros dejando una estela de polvo detrás. Aquero se apresura a pasar justo a tiempo antes de que pase otro carro a toda velocidad. Hay un barranco donde se nota la leve presencia de la humedad selvática en degradado de arriba hacia abajo de menor a mayor. Hay un paso pequeño por donde baja Aquero. Al fondo se ve una selva extensa, abrumadora. Aquero camina cuando llega abajo con el sol que lo perturba un poco, hasta llegar a la sombra de los árboles. Empieza a escucharse el riachuelo. La cascada diminuta da origen a un pequeño descanso de agua mansa. Aquero capotea y salpica con los pies la tierra y las rocas alrededor en la orilla. Aho...

Pick up

Se vendió la camioneta y el entrecoveco del hueco se me cerró por no tener cómo llenarlo. Así las puertas de la casa grande esa que llaman de estudios acudió en mi boca un sinsabor de mieles chorreadas por las paredes que tampoco pude saborear por no tener cómo. El cómo me come y el porqué me aturde y basta y sobra un vientecito cualquiera para tumbarme. Coloso, momentáneo el momento de respirar profundo y comenzar la caminata continua pero cada vez más abajo en el subsuelo hediondo. Aquí las hormigas trabajan doble, yo no hago nada. Se vendió la camioneta y en mi desconsuelo veo como el pasar de mis veintiocho años se van sin dejar rastro. No poseo nada que sea realmente mío, como esos comodines y calmantes de acero, plástico y circuitos instantáneos que reflejan la madurez del adulto que deja su hogar teniendo la fuerza para caminar solo. Lo que tengo lo tengo gracias a la providencia que de mí ha tenido piedad, el problema que me aturde es que se le está acabando la tarjeta. Se ve...

Tenai o Kampa (vainas mías)

El proceso cultural venezolano, y específicamente el guayanés, muy permeable a la alienación, y que en cierta forma permite, gracias a nuestra mezcla racial furibunda, la entrada y salida de diversas formas de la cultura, que en muchos casos no es tan siquiera cercana a nuestras latitudes, es un signo – o EL signo - macabro de nuestro sol de San Félix. El poder del guayanés se limita al sello superficial de un logo – probablemente hecho en otro país – con el cual una insignia chapea el entorno con derredores sonantes y vistosos, propios de una sociedad capitalista endeudada pero feliz. Pero ya me estoy saliendo del tema. La alienación cultural de Guayana – nuestra isla colonia mal postín de la república (no confundir mis palabras con algún dejo separatista) – viene, como bien sabe Euclides, desde la época de nuestro insigne Manuel Carlos Piar, y la batalla famosa que le permitiera a nuestro país alcanzar la independencia, gracias a los recursos bien habidos de esta bendita tierra. Como...

País de Extranjeros

Me tomo la libertad de reproducir una reflexión del periodista Miguel Salazar, la cual contiene ideas ciertas de lo que es - somos - nuestro país gracias a nosotros. Me pareció súmamente significativo por lo cual lo comparto con ustedes. Las Verdades de Miguel, nro. 210, del 18 al 24 de julio de 2008, página 24. Mi comentario de la semana: Venezuela como país de paso. José Ignacio Cabrujas llegó a escribir un ensayo sobre el tema. En ese entonces Lusinchi, usando a Carlos Blanco como inquisidor, proscribió el texto que formaba parte de una compilación de ensayos titulada La Reforma del Estado. Se refería Cabrujas a nuestra triste condición de país campamento. Hoy, esa tesis cobra mayor fuerza: somos además un país de extranjeros. Con contadas excepciones no hay un gobernante nuestro que no se haya dejado tentar por esa condición extranjerizante. La mayoría de ellos terminaron con ser libertadores de América y de más allá, mientras nuestro país era malquerido. Con Chávez quedó al des...

Contraseña

Lo hicieron por última vez sin ganas. Él, motivado por una necesidad interior recordaría los viejos tiempos reviviendo a un viejo amigo. Ella, destapada en su característica estimulación del trabajo sacrificado, comedido y bien pagado, había intercambiado la falda por los pantalones por lo que inequívocamente se sentiría más. El proceso de adulación comenzaría a eso de las siete de la mañana, en medio del marco de la puerta, con interiores de dos días, comida entre los dientes y una incontrolable picazón en la entrepierna. Ella vería de reojo la intención de él, quien sin ocultar que su maliciosa intención le haría una seña que la conduciría inevitablemente a la habitación. El cuarto de ambos era de un gusto sutil al de un acomodado matrimonio de clase media. El contorno de colores pastel, una cama enorme envuelta cuidadosamente en un edredón hecho cuadros alternados entre azul y verde en distintos tonos, una luz fluorescente cuyo brillo a veces se debilitaba en las noches cuando el ho...

El Mega

El mega Ya al despertarme, encuentro en el desconcierto, cierta cosa pues, el espacio vacío delante de mí. Por un momento hago caso omiso, pues no me interesa sino dormir plácidamente acurrucado entre mi cobija amplia; sin embargo, la continuación del vicio descolocado de aquella fuerza superior que me inunda me recuerda que en ese espacio vacío había algo. Restriego mis ojos para enfocar. Veo sí, la foto de mi madre cuando la agarré descuidada con los rollos en la cabeza y metida entre las matas y con las loras volando rapases sobre su cogote, el afiche que detrás de aquel espacio donde una mujer esberta y en pantaletas blancas me muestra su boca como queriendo besarme – inanimada imagen que perturba en la noche sola – pero que no sé por qué no lo termina de hacer. A lo que voy. El espacio vacío consta ahora de un rectángulo rodeado de polvillo, un cable de alimentación principal, y artículos varios de computadora. -¿Y entonces? Qué ingenuo soy. Cuando logro pararme y espantar la floj...

Futuro

Había un cuerpo inerte que se dislumbraba despacio en la costa. Aquella orilla desplegada a lo largo del valle taciturno cambiaba de colores pálidos a tenues manchas oscuras al paso del día y la tarde, cuando las sombras colmadas de las montañas alcanzaban la longitud correcta. Una tensión ronda las manos del cuerpo que ya dejaría de flotar entrando el amanecer. Sus ojos se dibujaban entre los ires y venires del agua en su marea con córneas blancas como la cal, y sus retinas castañas permanecían abiertas al extraño pasar de las voladuras de cabello que sumaban desastre al cuadro doloroso. No, no estaba muerto. Era una curiara tremebunda que veloz subía contra corriente y que poco tenía que ver con el solitario espectáculo. Habían moscas y una puerta verde de entrada silente. Aquellos árboles se movían al sonido del viento que silbaba una canción inteligible. El cuerpo tenía un alma todavía temerosa que temblaba de frío en el espectro de la curiara ya hundida. Habían recorrido la distan...

Juego de Niños

Se tomó un suspiro corto y violento, y un hilo de saliva salió disparado de su boca directo a parabrisas. Levantó su dedo para limpiar la gota y del otro lado el cielo secretó una gruesa lluvia dándole la bienvenida. Ya eran las tres y cuarto y las bolsas del mercado se calentaban con el vapor del choque violento de temperaturas ambientales. La puerta al sótano y el estacionamiento distantes, y el dolor en las rodillas la hicieron pensar en un reposo corto mientras escampaba la tarde ya pesada. Se le calentaba la cabeza de pensar que su descanso inoportuno no le daría tiempo de cerrar la puerta corrediza del balcón que dejó abierta por nunca imaginarse tal aspaviento repentino del clima extraño. El viento – pensaba – entraría directo a la sala, llevando la lluvia consigo hacia la alfombra inmensa, los muebles nuevos y la mesita con los corotos de porcelana. El radio encendido le daba la hora, tres y diecisiete minutos ya; lleva casi veinte minutos de retardo a su planificación rutinari...

Falta poco

Una limosnita por el amor de Dios que se fue y no lo volví a ver en la casa, cuando caía la tarde y se sentaba al pie de la escalera de cemento, con las sandalias propias de las pinturas que lo dibujaban en la antigüedad que revoloteaba su cabeza mientras me daba de comer. Sí, Dios se empeña en el amor y en los lazos de la probidad que me dio una navidad cuando pequeño dormitaba bajo una manga, cara, cara. Tenía los dedos bondadosos como pintan los de San Nicolás. Su regalo fue, entre otros, la vida, que sin ser eterna, ablanda las plantas de los pies, quema y enfría, redobla la voluntad y transforma los sueños, cuales epítetos amorfos colorean el futuro con toneladas de cosas vacías, para darte un suspiro de lo que debe ser, y que probablemente no sea. Lo escuchaba en sus ronquidos – no entendía media palabra – con sus ademanes circulares en su descripción del mundo, y que el mundo es el hombre y que el hombre se debe al mundo. Cuando parecía hablar de beisbol y cómo se debe agarrar l...

Gran Finale

Rubén se separa de su mesa, atrapa algo en el aire, respira hondo, largo, tendido en el espacio que lo separa de su tabla de operaciones, de su concierto, de su locura. Sentado frente a la ventana grande que da a la calle, en su casa sombría, sonríe como la luna le sonríe al hombre menguante, infla pecho, desinfla. Procede y da una palmada ruidosa, soba después de la comezón. Una tabla con interruptores colocada a su disposición. Se ven interruptores, pulsadores, potenciómetros, ordenados en fila según el ánimo del compositor. Se ríe Rubén de su gracia. Comienza con un pequeño temblor diminuto en el dedo índice de la mano derecha sobre un pulsador al borde de la tabla mágica. La licuadora - si se camina a la velocidad de la luz, derecho detrás de él como unos cinco metros y se da vuelta a la izquierda otros cuatro, nos paramos en la cocina y vemos al mesón donde está el lavaplatos, entre éste y el costado de la nevera - se enciende. Ríe corto. Afloja los dedos como en demostración de l...

Hecatombe

Hemos, como siempre, tenido la duda del acto. Como un color difuso, restregado en el agua. Por cierto, cae la gota. -Será que alguien en esta mierda tendrá la amabilidad de cerrar bien la llave del lavamanos. Estoy tratando de descansar. -Si jefe. -Si jefe, si jefe. Parecen una cuerda de… Sentía el mal humor. Había sudado como mono desde que se fue la fase 220. La compañía de electricidad pide disculpas “a todos los vecinos por las molestias causadas”. -No me digan – ve el letrero de la calle desde un hueco en el piso. Se suponía que instalarían una llave de paso nueva para evitarse el problema del agua cuando las tuberías se rompen. Postrado de lado en el sillón, el traje y la corbata. El bigote de -Está listo jefe. -Coño. Qué bien. Se levanta. La calva mojada repasada por las palmas de las manos. Entra una brisa fresca. Él sonríe por el momento del no sé qué le pasa al clima. Sí; piensa que la gente vive aquí por puro masoquismo. Le da una palmada al empleado y le dice paternal: Yo t...