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El Estorbo

El padre en su contrariedad déjole en santa herencia una reflexión. Ahora que los cantares vaporosos de las máquinas bulliciosas se acumulan en el aire eco saltando controles de albaceas esparcidos por doquier que frente a su ventana se divierten en su actividad rutina que sin estorbo ni reparo realizan cual máquinas bulliciosas. Soltaba la décimo quinta lágrima, con sus labios en contracción estertorosa de vez en cuando y el recuerdo viene y trae males al corazón. Ellos en sus actitudes diferenciadas se hacían distantes salvo en pequeños bellos momentos de alma libre. A veces, en los días de gloria, le decía a su hijo que era igualito a su papá. Aquella arenga llenaba los vacios del resto de los indiferentes y manifiestos actos de desagravio sufridos en su infancia. Pero había uno en especial. El viejo acostumbraba a leer para respirar tranquilo en los verdes pies que la naturaleza le cobijaba. Una sombra divina y repleta de rayos diminutos le proveía de un tono exacto para la buena lectura y la reflexión. Era arisco como él solo, pero gustaba de compartir el momento con el que sentía seguiría su camino con teorías esparcidas de la historia, o en cuentos cavilados bajo hermosos tejes manejes de la palabra castellana, tal vez con la compañía de un chocolate en barra a punto de derretirse. En alguna ocasión la madre procedería a abrirse un espacio entre los dos para sentirse familia alguna vez y en lo inútil de sus intentos terminó yéndose con el rabo entre las piernas. El niño, en su admiración de este hombre inmenso, comedido, pausado en su reflexión, en este compartir de palabras mutuas que se harían interminables una vez aprendió a leer libros sin ilustraciones castrantes, terminó por amar, más que cualquier cosa, esos momentos bajo aquella mata de mango estéril. El resto de la vida parecíale un paréntesis cabizbajo de lo que era realmente su padre. Muchas veces se sentía acongojado por las transformaciones radicales que sucedían a una de tantas discusiones irascibles que cambiaban el tono del viejo en brisa fresca una vez se sentaba bajo al árbol inmenso con una pequeña torre de libros para compartir con su muchacho. Ese señor cuya prolífica tendencia no pudiera desarrollar por miedo a sus demonios y que terminarían por exteriorizar otros peores, recurría al análisis exhaustivo y casi extenuante de cada palabra que su hijo leía en voz alta, propiciando ya en su avanzada adolescencia un debate digno de una buena y enrevesada tertulia cultural. Ya muerto el padre, y enseguida pocos años después la madre, aquella escuela en que se convirtió esa mata grandota serviría para destacarse y encontrar una profesión que le dejara dividendos para vivir escasamente, mientras una compañía comprara el terreno contiguo a la casa y tuviera dispuesta en fresco encono a  tonar ese verde paraje, con tan solo ese mango de estorbo, en un concurrido… Le llegaría un sobresalto repentino cuando viera de cerca el monstruo metálico con orugas que se llevaría para siempre el recuerdo febril. Saltaría por la misma ventana en veloz corre corre hacia el árbol de su padre, se postraría al frente mientras el acorazado dientón se detendría a percatarse de su acción. El que dirigía la vaina se acercaría con otros más para preguntarle qué coño le pasa ahora.

-No lo tumben.

-Señor. Mire. Nosotros no queremos ningún problema. Ya la compañía – iba tornándose compasivo mientras los acompañantes se acercan amenazantes – habló con ustedes, y ya el asunto pasó por tribunales…

-Usted sabe algo – se detuvo parcialmente en suave interpretación -. Mi papá era un miserable. Mucha de esta gente que vive en este sitio tuvo muchos problemas con él por ser como era. En su trabajo, a pesar de ser un administrador eficiente, era también un tirano, déspota, una mierda implacable. Mi madre sufrió más que nadie por él. Yo mismo me convertí en un vulgar pendejo, cagoncísimo como nadie por el trato que me dio en vida. Mi padre fue una desgracia y lo más probable es que no está descansando nada en la gloria de ninguna parte. Pero una vaina sí que me dejó, aparte de esta casa. Esta mata. Vivimos todos en una ciudad asechada por el verano inclemente, y disculpe si lo molesto, ¿y si le diéramos el valor a cada árbol como se debiera?, probablemente ellos serían como lo es para mí el único recuerdo decente, la única cosa por la cual yo pudiera dudar que mi papá no se está achicharrando en el infierno. Porque él aquí era otra cosa. Él aquí, bajo esta mata decía lo que pensaba pero de otra manera, sin ofensa, sin descaro incluso. Este sitio de aquí – señalaba el piso un claro rodeado de raíces – era su trono, donde de vez en cuando se convertía en hombre, y ahora ustedes…

Interrumpe su perorata. Miró un momento en una cercanía por donde bajaba una rama en cuya punta guindaba solemne un mango pintón. Antes de que aquellos hombres lo sacaran de allí y prosiguieran con su vertiginosa labor, tomó el fruto y con ahínco lo cerró entre sus manos y el pecho, y corriendo como sólo lo haría un niño desapareció del camino del progreso mientras arrancaban de cuajo aquella parte tierna de su vida. Había un chance en el futuro.


J. Gregorio Maita

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