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Mostrando entradas de 2008

Aquero

Una casa hecha de bahareque se encuentra rodeada de tierra seca. Su techo de zinc es brillante. El sol empieza a salir al mismo tiempo que una hornilla rudimentaria empieza a encenderse. De la puerta sale un niño caminando poco a poco. En su risa se nota alegría de nuevo día. Se detiene ante el camino de tierra frente de su casa por donde pasan algunos carros dejando una estela de polvo detrás. Aquero se apresura a pasar justo a tiempo antes de que pase otro carro a toda velocidad. Hay un barranco donde se nota la leve presencia de la humedad selvática en degradado de arriba hacia abajo de menor a mayor. Hay un paso pequeño por donde baja Aquero. Al fondo se ve una selva extensa, abrumadora. Aquero camina cuando llega abajo con el sol que lo perturba un poco, hasta llegar a la sombra de los árboles. Empieza a escucharse el riachuelo. La cascada diminuta da origen a un pequeño descanso de agua mansa. Aquero capotea y salpica con los pies la tierra y las rocas alrededor en la orilla. Aho

Pick up

Se vendió la camioneta y el entrecoveco del hueco se me cerró por no tener cómo llenarlo. Así las puertas de la casa grande esa que llaman de estudios acudió en mi boca un sinsabor de mieles chorreadas por las paredes que tampoco pude saborear por no tener cómo. El cómo me come y el porqué me aturde y basta y sobra un vientecito cualquiera para tumbarme. Coloso, momentáneo el momento de respirar profundo y comenzar la caminata continua pero cada vez más abajo en el subsuelo hediondo. Aquí las hormigas trabajan doble, yo no hago nada. Se vendió la camioneta y en mi desconsuelo veo como el pasar de mis veintiocho años se van sin dejar rastro. No poseo nada que sea realmente mío, como esos comodines y calmantes de acero, plástico y circuitos instantáneos que reflejan la madurez del adulto que deja su hogar teniendo la fuerza para caminar solo. Lo que tengo lo tengo gracias a la providencia que de mí ha tenido piedad, el problema que me aturde es que se le está acabando la tarjeta. Se ve

Tenai o Kampa (vainas mías)

El proceso cultural venezolano, y específicamente el guayanés, muy permeable a la alienación, y que en cierta forma permite, gracias a nuestra mezcla racial furibunda, la entrada y salida de diversas formas de la cultura, que en muchos casos no es tan siquiera cercana a nuestras latitudes, es un signo – o EL signo - macabro de nuestro sol de San Félix. El poder del guayanés se limita al sello superficial de un logo – probablemente hecho en otro país – con el cual una insignia chapea el entorno con derredores sonantes y vistosos, propios de una sociedad capitalista endeudada pero feliz. Pero ya me estoy saliendo del tema. La alienación cultural de Guayana – nuestra isla colonia mal postín de la república (no confundir mis palabras con algún dejo separatista) – viene, como bien sabe Euclides, desde la época de nuestro insigne Manuel Carlos Piar, y la batalla famosa que le permitiera a nuestro país alcanzar la independencia, gracias a los recursos bien habidos de esta bendita tierra. Como

País de Extranjeros

Me tomo la libertad de reproducir una reflexión del periodista Miguel Salazar, la cual contiene ideas ciertas de lo que es - somos - nuestro país gracias a nosotros. Me pareció súmamente significativo por lo cual lo comparto con ustedes. Las Verdades de Miguel, nro. 210, del 18 al 24 de julio de 2008, página 24. Mi comentario de la semana: Venezuela como país de paso. José Ignacio Cabrujas llegó a escribir un ensayo sobre el tema. En ese entonces Lusinchi, usando a Carlos Blanco como inquisidor, proscribió el texto que formaba parte de una compilación de ensayos titulada La Reforma del Estado. Se refería Cabrujas a nuestra triste condición de país campamento. Hoy, esa tesis cobra mayor fuerza: somos además un país de extranjeros. Con contadas excepciones no hay un gobernante nuestro que no se haya dejado tentar por esa condición extranjerizante. La mayoría de ellos terminaron con ser libertadores de América y de más allá, mientras nuestro país era malquerido. Con Chávez quedó al des

Contraseña

Lo hicieron por última vez sin ganas. Él, motivado por una necesidad interior recordaría los viejos tiempos reviviendo a un viejo amigo. Ella, destapada en su característica estimulación del trabajo sacrificado, comedido y bien pagado, había intercambiado la falda por los pantalones por lo que inequívocamente se sentiría más. El proceso de adulación comenzaría a eso de las siete de la mañana, en medio del marco de la puerta, con interiores de dos días, comida entre los dientes y una incontrolable picazón en la entrepierna. Ella vería de reojo la intención de él, quien sin ocultar que su maliciosa intención le haría una seña que la conduciría inevitablemente a la habitación. El cuarto de ambos era de un gusto sutil al de un acomodado matrimonio de clase media. El contorno de colores pastel, una cama enorme envuelta cuidadosamente en un edredón hecho cuadros alternados entre azul y verde en distintos tonos, una luz fluorescente cuyo brillo a veces se debilitaba en las noches cuando el ho

El Mega

El mega Ya al despertarme, encuentro en el desconcierto, cierta cosa pues, el espacio vacío delante de mí. Por un momento hago caso omiso, pues no me interesa sino dormir plácidamente acurrucado entre mi cobija amplia; sin embargo, la continuación del vicio descolocado de aquella fuerza superior que me inunda me recuerda que en ese espacio vacío había algo. Restriego mis ojos para enfocar. Veo sí, la foto de mi madre cuando la agarré descuidada con los rollos en la cabeza y metida entre las matas y con las loras volando rapases sobre su cogote, el afiche que detrás de aquel espacio donde una mujer esberta y en pantaletas blancas me muestra su boca como queriendo besarme – inanimada imagen que perturba en la noche sola – pero que no sé por qué no lo termina de hacer. A lo que voy. El espacio vacío consta ahora de un rectángulo rodeado de polvillo, un cable de alimentación principal, y artículos varios de computadora. -¿Y entonces? Qué ingenuo soy. Cuando logro pararme y espantar la floj

Futuro

Había un cuerpo inerte que se dislumbraba despacio en la costa. Aquella orilla desplegada a lo largo del valle taciturno cambiaba de colores pálidos a tenues manchas oscuras al paso del día y la tarde, cuando las sombras colmadas de las montañas alcanzaban la longitud correcta. Una tensión ronda las manos del cuerpo que ya dejaría de flotar entrando el amanecer. Sus ojos se dibujaban entre los ires y venires del agua en su marea con córneas blancas como la cal, y sus retinas castañas permanecían abiertas al extraño pasar de las voladuras de cabello que sumaban desastre al cuadro doloroso. No, no estaba muerto. Era una curiara tremebunda que veloz subía contra corriente y que poco tenía que ver con el solitario espectáculo. Habían moscas y una puerta verde de entrada silente. Aquellos árboles se movían al sonido del viento que silbaba una canción inteligible. El cuerpo tenía un alma todavía temerosa que temblaba de frío en el espectro de la curiara ya hundida. Habían recorrido la distan

Juego de Niños

Se tomó un suspiro corto y violento, y un hilo de saliva salió disparado de su boca directo a parabrisas. Levantó su dedo para limpiar la gota y del otro lado el cielo secretó una gruesa lluvia dándole la bienvenida. Ya eran las tres y cuarto y las bolsas del mercado se calentaban con el vapor del choque violento de temperaturas ambientales. La puerta al sótano y el estacionamiento distantes, y el dolor en las rodillas la hicieron pensar en un reposo corto mientras escampaba la tarde ya pesada. Se le calentaba la cabeza de pensar que su descanso inoportuno no le daría tiempo de cerrar la puerta corrediza del balcón que dejó abierta por nunca imaginarse tal aspaviento repentino del clima extraño. El viento – pensaba – entraría directo a la sala, llevando la lluvia consigo hacia la alfombra inmensa, los muebles nuevos y la mesita con los corotos de porcelana. El radio encendido le daba la hora, tres y diecisiete minutos ya; lleva casi veinte minutos de retardo a su planificación rutinari

Falta poco

Una limosnita por el amor de Dios que se fue y no lo volví a ver en la casa, cuando caía la tarde y se sentaba al pie de la escalera de cemento, con las sandalias propias de las pinturas que lo dibujaban en la antigüedad que revoloteaba su cabeza mientras me daba de comer. Sí, Dios se empeña en el amor y en los lazos de la probidad que me dio una navidad cuando pequeño dormitaba bajo una manga, cara, cara. Tenía los dedos bondadosos como pintan los de San Nicolás. Su regalo fue, entre otros, la vida, que sin ser eterna, ablanda las plantas de los pies, quema y enfría, redobla la voluntad y transforma los sueños, cuales epítetos amorfos colorean el futuro con toneladas de cosas vacías, para darte un suspiro de lo que debe ser, y que probablemente no sea. Lo escuchaba en sus ronquidos – no entendía media palabra – con sus ademanes circulares en su descripción del mundo, y que el mundo es el hombre y que el hombre se debe al mundo. Cuando parecía hablar de beisbol y cómo se debe agarrar l