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Estractos de mi primera novela "Tercera Persona".

El centro lleno de ruidos y lamentos. Si la situación y el desconsuelo se crecen, vaya a saber el paradero de los rezos proféticos, de las desgracias y los comensales con la comida en la puerta de la garganta. Algunos que vomitan en sus casas, en aquellos centros troquelados por el aire frío que circunstancialmente venía y devenía, como yéndose y encontrándose con las paredes pedregosas y ásperas, en su sentido opuesto a través de las orillas, de esas pequeñas aberturas desproporcionadas. La lluvia que no deja salir ni meterse, porque meterse en sus casas es despegar en el sueño profundo del cansancio de media semana, porque salir es encontrarse con fantasmas espantosos, con miedos reservados pero que se calan igualito en el corazón con clavos, permeando la poca paciencia, que pareciera ya una estera de bostezos, y Dios parado tal y como zombie, tú, creador del cielo y de la tierra con tus manos entumecidas en puños cerrados con fuerza, aferrándote al aire, al campo sembrado de tú gloria, por siempre señor, y el amén descabellado de las gotas que suenan y resoplan con el viento huracanado y las olas más allá de los pies del cerro hechas y desastre, y esa foto de contraste entre negros y blancos convergiendo en una sombra que es Marcelo, y una diáspora maltrecha con el amasijo que apenas se definía entre Aida y el Federico, con su dolor, sus lágrimas ya expuestas, sus preguntas casi respondidas, su arrepentimiento. Eras tú, si, tú, con esa cara de quien no rompe un plato – no tienes tú la culpa del invento de los inventadores y reclamando sales por la puerta dando el portazo y bum – y te arrepientes también de ser buena gente, que por eso es que pasan las vainas. Manuel, Manuel, te llaman Manuel, que de tantos nombres apenas reconoces el tuyo que se va entre la historia como del viento se van las arenas del Sahara al Amazonas.

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