Inspirado en la canción homónima de Buena Fe
Dedicado a Andrei Tarcovsky. Que la benigna influencia de su poesía hecha cine inunde los ojos de cuantos pueda.
El taller, cerrado a los vientos repentinos de las tardes, no dejaba recuerdos superpuestos en los mesones desordenados en ese orden que la planificación asume como tal. Después del descubrimiento, tal posibilidad, de mejorar, incentivarse con el acomodo matemático de las cosas, el cambio de las cortinas, la pintura de las paredes y quién sabe si unas lámparas en el techo, no era sino un lujo, para él, claro está. Su porte, menos que normal, dejaba ver un oficio entre herrero y mecánico automotriz con viejas mañas. Qué lejos estaba la vista de la verdad.
-Estudié psicología e hice una maestría en psicología social y comportamiento humano. De tanta ladilla le hice caso a mi mamá, como cosa rara, y estudié en mi tiempo libre medicina comunitaria, y desde ese entonces, sabiendo suturar y toda la cosa, me convertí en cirujano, y también fui leyendo como herencia de mi papá, manuales de mecánica industrial.
-Cualquier persona que lo viera en su vida imaginaría que usted fuera un intelectual.
-Disculpe señorita, pero mi trabajo no es intelectual. Es más. No creo que llegue a artesano.
-La manufactura de recuerdos, sueños y corazones rotos es todo un negocio.
-Como negocio eso sí. No me quejo no vaya a ser que se me vaya la suerte. Por lo menos no soy un botarata ni ando por la calle repartiendo real como los hermanos míos que quedaron en la ruina después de la crisis económica.
Sacude el trapo y recuerda que ese domingo, antes de abrir la puerta, desistiría del trabajo semanal para un pequeño descanso antes del retiro. Sin fecha de regreso a las labores cotidianas, se dedicaría a atender bajo cuerda a personas desesperadas. Había trazado una estrategia que le permitiría decidir a quienes debía atender. Recibía correos electrónicos en una primera fase de filtro, pues no era propenso a perder el tiempo.
-Me decía usted que hay mucho tráfico.
-Creo que una protesta estudiantil en la avenida Las Américas. Los puentes trancados. Usted sabe como es el asunto.
-Esta ciudad. Es como el signo de la dualidad. Tan diferentes y tan necesarias una de la otra.
San Félix y Puerto Ordaz se convirtieron de repente en el núcleo de una noticia. El esperpento de puerta que recibe a las visitas tronaba con rabia entre latón y soldaduras puestas a medida que las roturas las estimaban necesarias. Él, viendo el caso como algo interesante, terminó por oprimir el botón que desbloquea el seguro eléctrico. Ese chirrido espantoso que no terminan de mejorar nunca.
-Deberían buscar la manera de que eso suene por lo menos más bonito.
Detrás de la puerta una joven sentida, de cabellos largos en rulos que nacían negros y terminaban cobrizos. Mirada hundida en ojos marrones profundos y llorosos. Marcas en las muñecas que enseñaba como muestra de reconocimiento a la cámara que la vigila.
-¿Esos perros son bravos?
-Sí. Sólo se les puede distraer con comida. Yo aprieto este botoncito de aquí – llevaban caminando la mitad del enorme e improvisadamente cerrado galpón – y les sale una pequeña cantidad de sobras del almuerzo. Hoy salieron premiados porque comí parrilla. Ya con eso no molestan hasta mañana.
-Yo tuve un perrito así de chiquito. No le había puesto nombre porque no me gusta encariñarme con los animales porque en el edificio donde vivo no permiten tener mascotas, así que terminé por hacerme la dura y tutearlo para que viniera cuando lo llamaba. Claro que cuando estaba la comida lista no era necesario llamarlo porque él solito venía. Era cuando se ponía a ladrar que le decía “Mira, tú”
-Entonces se llamaba Tú.
-Cada vez que le decía “Mira tú”, él venía.
Asiente su mirada tímida y sigue adelante como si supiera a donde van. Se reacomoda las mangas de la chaqueta y esconde la piquiña de las muñecas.
-Ya va que se me olvidó echarle tranca a la puerta.
Vuelve sobre sus pasos dando tumbos al pañito manchado. Silba alguna tonada y piensa, interrumpiéndose, en la ironía de la música y su uso en el llano venezolano y en el procedimiento a seguir. La muchacha, desde allá, a varios metros, como detenida por un respeto infundido por todo el protocolo generado desde los filtros de internet, parece gritar algo desde el lugar donde la dejó, enternecida por el rocío tenue que bajaba del envejecido zinc transparente.
Él apenas voltea mientras sigue yendo hacia la puerta. En medio de la distracción provocada y la pregunta de costumbre cuando no se oye bien lo que le dicen, tropieza con la esquina de uno de los tantos mesones de latón.
-¿Le pasó algo?
-Ay. Me di.
-¿Se siente bien?
-No es nada – se soba el huesito de la cadera.
Voltea la muchacha que se lleva la uña del pulgar para seguir comiendo. Murmura el hombre algo y recuerda seguir tarareando la tonada. Cuando el asunto estaba en su apogeo logró, en medio de la desesperación de la gente por el método revolucionario, enviar un mensaje escrito que resonaría claro en las autoridades competentes:
“En medio de un mundo donde ya los antidepresivos no hacen efecto, he descubierto un método que inhibe la desolación que sufren muchas personas. Sin embargo y debido a la demanda de esta mal llamada cura, pues no la considero como tal, y careciendo sinceramente de todos los conocimientos metodológicos que rigen los procedimientos científicos, no puedo dar garantía de los resultados, a pesar de que hasta ahora los cientos de personas que he atendido han evolucionado satisfactoriamente. De igual manera solicito la ayuda de las autoridades del estado venezolano para que me brinden su colaboración mientras despejo algunas cosas. Voy a entregarles el método para que lo masifiquen sin costo alguno para la república, pero necesito seguridad en vista de que mi vida privada se ha convertido en una constante zozobra.”
Suena la puerta y los pasadores correspondientes.
-Tá listo – suena el pañito - ¿Qué me dijo? – el eco y el conocimiento del espacio de trabajo le dan ventaja para comunicarse.
-¿Qué si eso duele?
Se detiene por un momento y la observa. De lejos sabe que la observación detallada no se puede determinar por la persona observada. Es un escaneo completo. Así trabaja la lástima.
-Bastante. Nunca intenté – continua avanzando – hacerlo con un anestesiólogo debido a que mucha gente se ha interesado en conocer los detalles del procedimiento. Pero si duele señorita. Y bastante – entre ríe.
Ella suspira. Voltea otra vez hacia el centro. Aquella zona del galpón era un hundimiento. Una zona circular rodeada de dos escalones y donde el piso, hecho de baldosas de concreto diminutas, dejaban salir los pequeños vestigios de grama que en el resto del galpón eran inexistentes. Una vez frente a frente
-El procedimiento es el siguiente. Esa es la camilla. Usted deberá colocarse en posición fetal levantándose la camisa y bajándose un poco los pantalones de manera que me permita introducir una aguja de este color – hace la mímica – de manera que puede extraer el líquido de la médula espinal. Debemos hacerlo con exactitud y usted debe ayudarme pensando en cada una de las cosas que me dijo, pero una por una. Sacar el líquido es un procedimiento delicado y doloroso, así que trate de concentrarse para que cada cosa salga de una y no tengamos que extendernos por toda la tarde.
-Ok – resignada.
-Acuéstese entonces.
Hay otro mesón en el cual se fija. Lo cubren por completo varias matas de sábila. Pone atención especial en un frasco de vidrio que alguna vez fue de mayonesa y que contiene un líquido ámbar.
-Vamos a usar este señor por aquí, eso en caso de que pudiera presentarse alguna infección.
-¿No habría que esterilizar nada?
-Esto es más como una inyección. Igualito cuando le sacan sangre. La aguja que voy a usar ya viene metida en su empaque.
-Ok – alivio que vino y se fue.
Ella sonríe y suelta un suspiro íntimo. Obediente procede a tomar la posición sugerida dejando ver un hermosísimo tatuaje en su piel blanca. Una orquídea delineada en un púrpura tenue que se extiende en una pequeña sombra degradada en el mismo color. El Corazonero para en seco por un segundo. Utiliza el algodón como salvación del tacto curioso. La orquídea pareciera llamarlo, como si ella misma tuviera un corazón en el centro para atravesar.
-Bonito tatuaje.
-Gracias. Fue idea de una de mis hermanas.
-¿Tiene varias?
-Dos. La que me dio la idea del tatuaje fue la periodista.
-¿Y la otra qué es?
-Mamá de un pocotón de muchachos.
-¿Ah, sí? ¿Cuántos tiene? – termina de limpiar la zona con el yodo, deja en el borde de la camilla el algodón usado y destapa el empaque hermético de la aguja. Tiene un parecido con las que usan para llenar balones, con una rosca en el extremo saliente.
-Tiene cinco.
-Pero eso tampoco es un pocotón.
-Para mí sí que me los calé desde carajitos.
-Bueno. Ahora se queda quietecita que esto necesita un pulso de cirujano – se interrumpe brusco -. ¡Coño! Ya va, que se me olvidó ponerme los guantes. Menos mal que no toqué nada todavía – ríe.
-Cuidao, mire que me gasté todo lo que tenía.
-¿En el tatuaje – a lo lejos mientras busca la caja donde guarda los guantes – o en este asunto?
-En este asunto.
-Entonces – ya más cerca – no era mucho lo que tenía guardado – agarra otra vez el algodón, vuelve a mojarlo con yodo y…
-No todo el mundo es millonario.
-Bue… tiene razón. Yo como no tengo mucho de qué preocuparme. Ahora sí. Si le duele mucho o siente que se va a desmayar me avisa.
-Ok.
La punzada intensa la electriza. Un sudor frío recorre su cuerpo en medio de esa ola veloz que los nervios activan elevando los vellos en pequeñas expresiones de carne de gallina. Cierra los ojos humedecidos y brotan lágrimas.
-¡Ay!
-Aguante un poquito. Aguante un poquito que esto es así. Si hubiera otra forma – de la rosca saliente una pequeña manguera – con mucho gusto le evito el mal rato a los pacientes, pero… - una gaveta casi escondida, dispuesta estratégicamente debajo de la camilla, emerge. En ella están una serie de contenedores de vidrio de distintas formas.
-Dale tranquilo – entrecortada – que yo soy una mujer aguantadora.
Él piensa que eso se lo ha dicho mucha gente. La aguja penetra limpia y serena. Se ayuda con la presión uniforme de la mano y el pulso del hombre que procede. Al llegar al punto, como marca mental, cierra la boquilla del otro extremo de la aguja con un pequeño tapón. Abre la gaveta y saca tres frascos distintos.
-¿Cómo se siente?
-Ok – su voz sale mientras puja el aguante.
-Ahora lo que vamos a hacer es tomar este frasco y empezamos de una vez para no perder el tiempo.
-Ok.
-¿Puede hablar de manera fluida?
-Creo… que sí.
-Ok. Vamos a enfocarnos ahora en algo que podríamos llamar desengaño. Es decir, algo que recientemente haya marcado su vida con esa dolorosa sensación.
-Ok.
-Ojo. Puede ser reciente o no. Lo que necesitamos es que sea un recuerdo vívido. No sé si me explico.
-Dígame cuándo… empezamos.
-Cuando quiera.
Ella suelta otro suspiro, liberado con presión. El sudor frío parece calmarse mientras trata de acordarse de lo que le ocurrió hace unos años.
-Yo y mi mamá no nos llevamos muy bien, y eso nos había mantenido enguerrilladas desde que tengo uso de razón. Pero ahora que lo pienso y he venido pensándolo desde que estaba por venir acá, tengo que darle la razón, porque si uno la caga tiene que asumirlo, o por lo menos eso me dice mi novio.
-Continúe.
-Lo cierto es que un día ella, obstinada de todos las guevonadas que hacía, terminó por botarme de la casa… ya va – trata de acomodarse.
-No se mueva muy bruscamente que se puede retraer el líquido y tendríamos que volver a empezar.
-Es que duele bastante.
-Se lo dije, pero aguante y siga antes de que pierda impulso.
-Bueno… me botó de la casa y yo me fui confiada que cuando se hiciera de noche me llamaría al celular para decirme que me regresara pa la casa. Lo cierto es que no me dijo nada, ni me llamó ni nada. Cuando veo que es tarde, eran como las diez de la noche, llamo a mi papá para echarle el cuento y me dice, entre otras cosas que yo tengo derecho a vivir en esa casa, que ella no es quien para botarme. Yo le digo que no me ha llamado y que andaba por la calle con unos amigos desde temprano pero que me dejaron sola porque a esa hora no se puede andar por esa zona y tal. Él supuestamente llama mi mamá y ella le dice que si bien yo tenía derecho sobre la casa de ella, también lo tenía sobre la casa de él. Eso fue lo que me dijo mi mamá después. Lo cierto es que yo, con el hambre y el sueño, esperando que mi papá me llamara para ver qué coño iba a hacer con mi vida esa noche por lo menos, termino por ir a su casa. Él vivía con su esposa de toda la vida, y no es que yo nunca supiera que era una bastarda, y mucha gente me dice que esa es una palabra muy fea pero es la realidad ¿no? Cuando llego me recibe un pocotón de gente que me veía raro. Mi papá, que andaba medio borracho, cuando me vio se quedó en el sitio, viéndome con cara de perro regañado, con la boca abierta y tal. Total que yo esperando que él me reciba como me había recibido siempre, con cariño, pues el hombre ha soltado la botella, y mientras la esposa le gritaba un poco de cosas feas, que si la hija de la puta del cerro que te conseguiste, yo que también andaba medio borracha tampoco entendía bien el asunto. Lo cierto es que con ese impulso, una cosa como inmediata, mi papá me agarró duro del brazo y me botó de su casa – hace una pausa para tragar grueso -. Y mientras yo le decía llorando, que me dejara quedarme a dormir hasta la mañana mientras yo arreglaba las cosas con mi mamá, el trancaba el portón con candado y se volteaba tranquilamente, como si nada. Como si yo no fuera su hija. Y justo cuando me disponía a decirle sus cuatro vainas a ese piazo e mierda, llegó la esposa, prendió la manguera del jardín y me mojó mientras la gente que estaba en la reunión me veía riéndose.
Hay un sollozo. El Corazonero mueve su cabeza con lentitud, acostumbrado como está a las desgracias ajenas sin llegar a un límite su sorpresa ante la miseria humana. Mientras avisa que está listo deja caer algunas gotas de un líquido transparente en un tubo de ensayo, tapándolo inmediatamente. Vuelve a poner el taponcito en el lado saliente de la aguja y se levanta para tomar el hombro de la muchacha sin decir ni una palabra. El sollozo evoluciona en llanto amargo.
-Ya terminamos con una cosa. Ahora viene otro.
-¿Todavía?
-Necesitamos por lo menos tres para crear un balance. Esto es algo así como los ejes cartesianos en tercera dimensión. Ya tenemos el “x”, ahora nos falta el “y” y el “z”.
-No se preocupe – trata de secarse las lágrimas sin moverse mucho – que tengo como para todo el alfabeto.
Volviendo a su posición, el Corazonero mira el techo. Queda suspendido en el pensamiento vacío.
Si usted no posee realmente un permiso para realizar ciertos procedimientos en pacientes, ¿cómo es que el gobierno lo ha dejado trabajar hasta ahora?
-El empirismo. En más de una ocasión han tratado de implantar el orden en Venezuela, y muchas veces han sido cuantiosos los daños del fracaso. Claro que la crisis justifica métodos artesanales. Es el contexto histórico que vivimos que hace que las cosas fluyan como hasta ahora. Y también hay que tomar en cuenta que no he sido yo el que dio a conocer lo que hago. Todo ha sido hecho de manera confidencial con todos y cada uno de los pacientes.
¿Pero qué lo motivó a realizar todo esto? ¿No estaba contento con su práctica profesional o hay alguna otra cosa? Nos quedan pocos segundos…
-No realmente. En una ocasión, en medio de la crisis, en su etapa más álgida cuando muchos de los medicamentos que conocíamos dejaron de hacer efecto en el organismo humano, un paciente llegó a mi consultorio de la manera más sonriente que usted se pueda imaginar. Me estrechó la mano y sin mediar palabra se lanzó por la ventana. Su esposa lo había dejado sin un bolívar en la cartera, y a pesar de tratarlo por meses, dándole la convicción de que sus hijos, todavía pequeños, lo necesitaban, él estaba más preocupado por la vergüenza de ser pobre que por otra cosa…
Nunca ha encontrado la paz interior en el dolor ajeno, ni siquiera sabiendo cómo marcar distancia. Vuelve al trabajo.
-Ahora vamos con la rabia.
-Mejor conocida como la macha arrechera.
-Ya veo que el sentido del humor sigue allí. Eso es bueno – ella ríe apenas, como un pestañeo -. Después le cuento un chiste.
-Ok. ¿Qué hago ahora?
-Lo mismo pero, aunque no pareciera haber diferencia…
-Yo quería mucho a mi papá.
-Ok. Ya no lo quiere tanto. Yo tampoco así que podemos seguir. Igualito como lo hizo ahorita pero con alguna vivencia que le haya dado, como usted dice, una macha arrechera, que no la haya dejado dormir por un mes.
-Esta me dejó sonámbula.
-Usted dele tranquila que vamos muy bien.
-Voy – avisa en la bajada -. Yo tenía una amiga que se crió con nosotras. En realidad éramos un montón de carajitos que nacimos y crecimos casi al mismo tiempo. Esta amiga era amiga de una prima que se crió como mi hermana y ella me la presentó cuando yo tenía como diez años. Esa prima tiene una hermana mayor – se tuerce un poco.
-Cuidado. Se puede mover pero poquito a poco.
-Ok.
-Siga tranquila que yo estoy pendiente aquí.
-Bueno. ¿En qué estaba?
-La hermana mayor de su prima.
-Bueno. Ella se casó con un chamo que en su momento era policía. Ella si era mayor que nosotras como por siete años. El caso es que un día, a esta amiga de nosotras le dio por curiosear como era eso de tener sexo con tres hombres al mismo tiempo. Yo supe de eso un día, le dije que estaba loca, que no se le ocurra, que qué iba a pensar su mamá y bla bla bla. El hecho es que un día me manda un mensaje la prima esta que se crió conmigo y me dice que la vea en un sitio donde nosotras rumbeábamos regularmente. Yo de pendeja fui como si nada. Cuando llego al sitio, era un bloque y ella me llamaba desde el balcón de unos apartamentos. Lo cierto es que esta prima que se crió conmigo como hermana, se desarrolló a los catorce años de una manera que no había forma de que le quitaran los ojos de encima. Ni hombres ni mujeres podían dejar de ver a la carajita esa porque se había convertido literalmente en un hembrón. Lo cierto es que yo subo y veo un montón de gente rodeando la sala y cuando me asomo es cuando veo a esta amiga de nosotras montada encima de un tipo, con otro tipo montado encima de ella y otro más allá sentado mientras ella le hacía lo que le hacía con la boca. No sé si me entiende.
-Lamentablemente sí.
-No es que sea una monja ni nada, pero era la vaina de ver a esta amiga mía en ese plan. Delante de un gentío y con entusiasmo, de paso. Lo cierto es que en ese momento, antes de yo meterme a ver el asunto, la primita mía me da un vaso con uno de esos coctelitos que estaban de moda, con vodka y jugo de naranja. Lo cierto es que cuando yo veo a la niña esta en ese plan, yo me trago completico el coctel que me dio la prima mía que se crió conmigo como hermana. En ese momento todo se me nubló. Los recuerdos de lo que pasó después se me hacen vagos. Recuerdo si que estaba como tirada en una escalera cuando llegó uno de los primos míos que también tenían la misma edad mía, junto con el esposo de la prima esta que era mayor que nosotras. Este primo le decía al otro algo como que “cógete tú a esta mientras yo me cojo a la otra”. Después me acuerdo en el sofá del mismo apartamento cuando se venía uno, y otro, y otro encima de mí, como animales se me pegaban y me lo metían sin soltar la botellita, y la gente alrededor, la gente que yo veía desde niña, viendo y riéndose de la gracia, porque era un chiste pa ellos – llora sin parar de hablar. El Corazonero la sostiene por la cadera para evitar movimientos bruscos – que se estuvieran cogiendo a la hija de la pendeja. Total que con el escándalo llegó la policía, y yo todavía desmayada que no podía moverme ni decir nada, cuando el jefe de los policías manda a desocupar el apartamento, me meten entre varios en el baño para sacarme lo que los otros me habían dejado adentro y mientras lo hacían me seguían violando – se contuerce del llanto. Con la rabia muerde el puño, saliva más de la cuenta, grita. El Corazonero la sostiene impávido -. Me vinieron a dejar tirada bien lejos, completamente desnuda. Cuando me encontró mi mamá fue el drama del siglo. Ella reclamándole a la hermana porque la hija y el esposo de la hija, y en eso le salió este tipo, el esposo de la prima mayor, y le pone la pistola en la cabeza a mi mamá para que vaya a joder a otra parte. A la final terminamos por irnos de allí y mi mamá nunca volvió a ver a su familia desde entonces. Pero el asunto quedó así y esas plastas de mierda…
Quita el tapón. Sale el líquido. El Corazonero lo atrapa en un frasco de compota. Tapa con rabia y pide permiso para tomar agua. Ella pide que también le traiga. Detrás de una pared cercana al centro hay un saco de boxeo que presume su quietud. Detrás de éste está el dispositivo que baja el agua purificada. Toma el vaso y ve el saco. Parece masticar el líquido y mira fijo, contenedor de emociones. Lo suelta y por un momento es el siglo XX. Es la explosión de vacío, sin júbilo, obnubilado por la macha aquella y descarga el puñetazo y parece que se ahoga en un grito mientras, sin control de su inercia, el saco se estrella en la viga y emite un sonido que lo descubre. Respira ahora profundo y la muchacha, ya calmada, conteniendo todavía el incómodo dolor, pide el agua preguntando qué pasó.
-Ya la llevo, que esta vaina se atoró.
Toma el agua con avidez y sirve un poco más para la paciente. Antes de irse logra agarrar un pitillo.
-Aquí está.
-Gracias – después de tomar.
-Ahora, lo que vamos a hacer es extraer – el fenómeno de la extracción física es el principio de su mezcla – un recuerdo feliz que me permita reconstruir algo de lo que hemos sacado, a ver si hay forma de hacerlo.
Ella hace un gesto de risa que termina con la mueca de la molestia por la bendita aguja en la espalda.
-Qué esperanza.
-Quédese tranquila – coloca el vaso en el piso – que hasta ahora llevo un record perfecto – le da la vuelta al mesón y vuelve detrás de ella -. Una vez estuvo por aquí un expresidente. No le digo el país porque tuve que firmar un contrato de confidencialidad. El mismo que le hacía firmar a los pacientes cuando llegaban…
-Yo no he firmado nada.
-No es necesario porque mañana le doy el método al gobierno. La salud no es algo que deba llevarse de forma privada permanentemente, y ya está bueno de tanto real. Lo cierto es que este expresidente me echó el cuento cuando era abogado y andaba por la calle y de repente mientras avanzaba con el carro ve a una tipa que, según me dijo, estaba buenísima – hace una pausa para enfatizar el cuento -. Pero cuando él me dijo eso, yo, como cualquier morboso, le pregunto qué tan buena. “Buenísima, tan buena que no tenía ningún desperdicio. Más bien, todo alrededor de esa mujer estaba demás a la vista”, me dijo él, que por cierto estaba en la misma posición en que está usted ahorita. Total que, cuando él ve a este mamacita, que va caminando por la orilla de la calle, él baja la velocidad y le empieza a decir “Mami, porqué no te montas”. Ella, mujer al fin, se ríe de la gracia pero sin pararle mucha bola. Le vuelve a decir, con más delicadeza “Mami, anda, móntate”. Ella se ríe otro poquito pero sigue sin pararle al tipo. Entonces el vuelve a decirle “Mami, anda chica, no seas maluca. Móntate”. Entonces ella deja de caminar y voltea con ganas de pegarle un grito al carajo. Entonces la tipa empieza a decirle que es un falta de respeto, que cómo se le ocurre que ella se va a estar montando en el carro de un tipo que ella ni conoce. Cuando de repente él, en un radical cambio de actitud, le dice “Que te montes en la acera bruta `el coño que te va a pasar un carro por encima”.
Ella ríe. Es un rayo su risa. Ese tiempo minucioso que da la carcajada que termina como una delicia apagando momentáneamente el dolor. El Corazonero sabe cómo manejar esas situaciones.
-Ay, ay. Qué malos son ustedes.
-¿Nosotros? Ustedes que no caminan por donde deberían.
-Y yo pensando que la vaina iba por otro lado.
-Es que todas son unas mal pensadas – sigue el estertor de la risa conjunta. Él le advierte que ya es tiempo de seguir.
-¿Un recuerdo feliz? Lo tuve aquí. Después de unos años, ya con el cambio de ambiente y la cosa como que agarré escarmiento, aparte de que por supuesto mi mamá me metió a hacer un tratamiento psiquiátrico. Ya no teníamos la nefasta influencia de mi papá que después de ese día ni me preocupé en buscarlo o hablarle. Él sí lo hizo los dos primeros meses y varias veces se apareció por la casa, pero después que se enteró de lo que pasó como que le entró el machismo y decidió no insistir más en hablar conmigo. Lo cierto es que tuve una recaída durante el tratamiento cuando los medicamentos dejaron de hacer efecto con toda la crisis mundial de los medicamentos y las drogas. Ya ese cuento es viejo. Lo cierto es que cuando cumplo los veintitrés me entusiasmo por estudiar en la universidad, y en la universidad conozco a un muchacho, que ni tan muchacho, cuando lo conocía tenía veintinueve, ahora tiene treinta.
-Yo tengo treinta.
-Disculpe, pero para mí un hombre de treinta años ya es un viejo…
-Como decir que cinco hijos son un pocotón de muchachos. Yo creo que a esta aguja como que le falta entrar un poquito más.
-¡Cuidao! Él es mi recuerdo feliz porque me devolvió la fe en los hombres y en la gente en general. Me enseñó a leer, o mejor dicho, me enseñó a disfrutar la lectura de sus libros amorochados en su hamaca en el balcón de su apartamento. Mi mamá lo adora. Se la pasaba hablando con ella como si fueran amigos y me aceptó con todos los defectos habidos y por haber. Cuando decidimos contarle lo que había pasado estábamos asustadas de que de repente no entendería, pero fue todo lo contrario. Al día siguiente nos fuimos a Caracas a visitar a su mamá que vivía con una de sus hermanas por los lados de Chacaíto. La doñita triste porque había quedado en silla de ruedas. Allí me contó que él mismo fue el origen de una tragedia que no vale la pena ni recordarla.
-¿Listo?
-Sí.
Recoge el líquido en lo que fue un frasco de colonia. Al retirar la aguja y limpiar el área intervenida, ella procedió, con la instrucción del Corazonero, a recostarse. Pudo fijarse en el techo transparente. La luz de la tarde, disminuida en intensidad, se filtraba difuminándose, creando formas en las particiones de luz que se estrellaban con las ramas de plantas silvestres que se atrevieron a crecer en ese encierro. Todo parecía rodeado de un musgo verde y al respirar se sentía el sofoco de la purificación. Él se había internado detrás de unos helechos para realizar el proceso de mezcla. Cuando terminó, logró la unificación de un suero incoloro íntegro y denso. Dentro de las circunstancias, en medio de una cierta euforia por ser su último paciente, dejó la interrogante para la despedida. Buena forma de romper el protocolo.
-Aquí está.
Ella toma la jeringa envuelta en una bolsa hermética. La mira como viéndose a sí misma, un espejo en alta definición de su historia, y las cadenas que unen a unas con otras le chocan entre las cejas. Frunce el ceño.
-Siento ahora los recuerdos como amarrados en esta inyectadora.
-Para ser exactos ese es el refuerzo. Las propiedades químicas de la angustia dentro de la psique mantiene cada recuerdo por separado. El procedimiento lo que hace es tomar un poco de lo mejor y echarle un poquito a lo peor para que no moleste tanto.
-Tengo hasta ganas de llamar a mi papá.
-La paz interior es la cúspide amiga mía. Uno jode y tal, pero si hubiera otra respuesta a lo que usted y todos los que han pasado por ese mesón tienen, no hablaría tanta paja.
-¿Y esto es para…?
-Debe aplicarse medio cc cada tres días a partir de ahora hasta que se termine. Con eso el ciclo se completa y le garantizo que podrá disfrutar nuevamente de la vida como debió disfrutarla desde siempre.
-Y usted qué va a hacer ahora – guarda el refuerzo en el bolsillo.
-Voy a ver televisión hasta que llegue el día de mañana. Recuerde guardar eso en la nevera pa que no se l e sancoche.
Caminan hacia la salida. Se quita los guantes en el camino mientras lo experimentan en silencio. La salida se siente distinta a la entrada. La lentitud de sus pasos determina la extraña conexión. Las historias enloquecen, perturban. La experiencia, inolvidable de alguna forma, se transforma en acumulación. Él abre la puerta, como un caballero. Ella sale como toda una dama.
-Bueno. ¿Será que necesita una asistente para lo que vaya a hacer más adelante?
Las buenas intenciones vienen acompañadas por conveniencias particulares. El método del Corazonero viene envuelto, como la jeringa de la mujer que está paralizada en la imagen esperando que termine la perorata del que escribe el paréntesis, en un secreto superior. Este descubrimiento era insoportable un día más, pues la cuota de resistencia del hombre fue copada. Ese es el ingrediente obviado. El sacrificio propio de esa energía, fuera de agujas y utensilios que es la autoflagelación del hombre que asume el dolor ajeno. De allí tan raro altruismo. Por eso su respuesta a tan noble oferta no podía ser más rotunda.
-No – y se cierra la puerta.
J. Gregorio Maita
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