lunes, 10 de noviembre de 2008

Aquero

Una casa hecha de bahareque se encuentra rodeada de tierra seca. Su techo de zinc es brillante. El sol empieza a salir al mismo tiempo que una hornilla rudimentaria empieza a encenderse. De la puerta sale un niño caminando poco a poco. En su risa se nota alegría de nuevo día. Se detiene ante el camino de tierra frente de su casa por donde pasan algunos carros dejando una estela de polvo detrás. Aquero se apresura a pasar justo a tiempo antes de que pase otro carro a toda velocidad. Hay un barranco donde se nota la leve presencia de la humedad selvática en degradado de arriba hacia abajo de menor a mayor. Hay un paso pequeño por donde baja Aquero. Al fondo se ve una selva extensa, abrumadora. Aquero camina cuando llega abajo con el sol que lo perturba un poco, hasta llegar a la sombra de los árboles. Empieza a escucharse el riachuelo. La cascada diminuta da origen a un pequeño descanso de agua mansa. Aquero capotea y salpica con los pies la tierra y las rocas alrededor en la orilla. Ahora Aquero se sienta en lo profundo con la cabeza sobresaliente y juega con sus manos a que son carros a gran velocidad que pasan por su casa. Escucha un silbido. Su cabeza se paraliza, sube y el remoto sonido familiar lo empuja a salir del agua. Corre por donde vino hasta perderse dentro de su casa. Se agacha y gatea debajo de la mesa. Las piernas de su madre se atraviesan por momentos. El niño se sienta mientras su madre le sirve el plato. Ella le dice “Te lo comes todo. Ya debe estar fría la arepa.” La mamá le da un beso en la frente. Aquero sonríe mientras mastica.

J. Gregorio Maita.

Pick up

Se vendió la camioneta y el entrecoveco del hueco se me cerró por no tener cómo llenarlo. Así las puertas de la casa grande esa que llaman de estudios acudió en mi boca un sinsabor de mieles chorreadas por las paredes que tampoco pude saborear por no tener cómo. El cómo me come y el porqué me aturde y basta y sobra un vientecito cualquiera para tumbarme. Coloso, momentáneo el momento de respirar profundo y comenzar la caminata continua pero cada vez más abajo en el subsuelo hediondo. Aquí las hormigas trabajan doble, yo no hago nada. Se vendió la camioneta y en mi desconsuelo veo como el pasar de mis veintiocho años se van sin dejar rastro. No poseo nada que sea realmente mío, como esos comodines y calmantes de acero, plástico y circuitos instantáneos que reflejan la madurez del adulto que deja su hogar teniendo la fuerza para caminar solo. Lo que tengo lo tengo gracias a la providencia que de mí ha tenido piedad, el problema que me aturde es que se le está acabando la tarjeta. Se vendió la camioneta como signo a mi gran derrota. Aquellos aludes, temblores, aquellos ademanes de futuro biselado, con cornetas enormes y cámaras por doquier donde se hicieran realidad las historias vacías. Esas arrecheras vivas de sentirme bastardo de por vida, de la vida que soba y golpea y de la que espero todavía el consuelo de una mano condescendiente. Esta depresión por falta de sueño que me hace pensar estupideces. Es solo el dolor de tener algo que se fue y me dejó en la bastedad de desentendido, del impotente, del nada. Yo Insecto escribí una vez y bastó y sobró la lejanía. Este letargo añejo completa mi vida y egoísta soy en no pensar justo ahora en mis niños chiquitos. A quién reclamo mi amarga tempestad. A los vientos solapados de mi ventana que gruñen y parecieran tumbar el techo sobre mi cabeza. Esa era mi camioneta, el calor de esa llama espejismo en la que se convirtió mi realidad. No era tan solo el apego al material o la comodidad del lleva y trae. Era el reflejo, el premio final que sería mío cuando se lo devolviera a su legítima dueña con todas las llagas borradas, que serían también las mías. Ahora lo que queda es esperar a ver qué coño pasa.


J. Gregorio Maita.